Leer (nos) en las plazas
Isaac
Rosa
Conferencia inaugural, Feria del Libro de Sevilla 2014
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| Isaac Rosa en FLS2014 (foto de Luis Serrano) |
Cada
vez que se inaugura una feria del libro, todos repetimos el mismo tópico, que suele convertirse en titular de prensa: “Los libros salen a la calle”. “Los
libros toman la ciudad”. “Los libros ocupan la plaza”. Eso es lo que sucede
hoy: que los libros, y con ellos autores, lectores, editores, libreros, salimos
a la calle. Tomamos la ciudad. Ocupamos la plaza.
Si
lo decimos, es porque es algo excepcional. Porque pasa una vez al año. Porque
el resto del año los libros no salen a la calle, ni los autores ni los lectores
tomamos la ciudad, ni los editores ni los libreros ocupan la plaza.
Siempre
que oigo esas expresiones celebratorias, me pregunto lo mismo: por qué es algo
excepcional. Por qué solo una vez al año. Por qué los libros no salen a la
calle más a menudo. Todos los días. Por qué los autores y los lectores no
tomamos la ciudad permanentemente. Por qué los libreros y editores no ocupan la
plaza para no moverse de ella.
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| Isaac Rosa con representantes de entidades colaboradoras y de la Asociación Feria del Libro de Sevilla (foto de Luis Serrano) |
Que
no teman las autoridades, que no estoy proponiendo una acampada indefinida, ni
siquiera una acampada de libros. Dentro de unos días todos nos retiraremos de
la calle, de la plaza, del espacio público. Los libros, los autores, los
lectores, los editores, los libreros. Regresaremos a nuestros interiores. Los
libreros, a sus librerías. Los editores, a sus editoriales. Los autores, a
nuestros estudios. Los lectores, a nuestros sillones. Los libros, de vuelta a
sus estantes, almacenes, escaparates, bibliotecas. Como plantas de interior que
no soportan demasiado la luz directa, el frío, el calor, la intemperie, el
manoseo, la lectura compartida.
Estando
hoy en Sevilla, que en muy pocos años se ha convertido en la capital de las
bicicletas en España, pensaba precisamente en eso: en las bicicletas. Hace unos
años, no muchos, todavía había días en que cuando se celebraba una fiesta de la
bicicleta, y miles de personas pedaleaban juntas por las calles, la prensa
titulaba como hoy titulan de esta feria, decían lo mismo de los ciclistas que
hoy de los autores, lectores, editores y libreros: “Las bicicletas salen a la
calle”. “Las dos ruedas toman la ciudad”. “Los ciclistas ocupan la plaza”.
Y
sin embargo hoy no tiene sentido decir en Sevilla “Las bicicletas salen a la
calle”, “Los ciclistas toman la ciudad”, porque hace ya tiempo que salen a
diario, hace tiempo que los ciclistas tomaron la ciudad para no dejarla,
ocuparon la plaza para no marcharse de vuelta a sus trasteros donde guardar la
bici para cogerla en vacaciones.
Y
pensando en esos ciclistas que han hecho suya la ciudad, me preguntaba si algún
día ocurriría lo mismo con los libros: si llegará un día en que los libros se
queden en la plaza, y aunque sigamos celebrando ferias, no tenga ya sentido
decir “Los libros salen a la calle” porque estarán en ella, serán parte de la
calle.
Si
algún día los lectores circularán por la ciudad con la misma alegría y conciencia
con que hoy circulan los ciclistas, montados en sus libros como estos en sus
bicicletas.
Pero
qué tienen que ver los libros con las bicicletas, me preguntarán. Qué tienen
que ver los lectores con los ciclistas. Pues aunque no se lo crean, tienen
mucho que ver. A mí, que como escritor soy aficionado a encontrar metáforas y
paralelismos por todas partes, se me hace fácil comparar los libros con las
bicicletas.
Mi
hija Carmela, que está ahí sentada, ha aprendido a montar en bici al mismo
tiempo que a leer. Y le cuesta distinguir ambas experiencias, las dos son para
ella una forma primeriza de experimentar la independencia, la libertad, la primera
escapada, el ensanche del horizonte, su propio crecimiento, de su cuerpo, de su
cerebro, mientras lee, o mientras pedalea y avanza por un camino y siente ese
gozo y ese vuelo que todos hemos sentido al montar las primeras veces en una
bicicleta, algo similar al famoso piel roja del que hablaba Kafka, aquel que cabalgaba
“sobre un caballo veloz, a través del viento, constantemente sacudido sobre la
tierra estremecida, hasta arrojar las espuelas porque no hacen falta espuelas,
hasta arrojar las riendas porque no hacen falta riendas, y apenas viera ante sí
que el campo era una pradera rasa, habrían desaparecido las crines y la cabeza
del caballo”. Habría desaparecido el manillar de la bicicleta, diríamos hoy.
Eso
que tan bellamente cuenta Kafka, y que se parece mucho a montar en bicicleta
por primera vez, es también una definición perfecta de leer, sobre todo de esas
primeras lecturas, de infancia, de adolescencia, cuando uno es un piel roja, un
lector todavía salvaje, sin civilizar, sin someter a norma alguna, y lee como
si cabalgase un caballo veloz a través del viento, estremecido, sacudido,
perdiendo las espuelas y las riendas según avanzan las páginas, hasta que todo
desaparece, la habitación, quienes te rodean, el libro mismo, y el campo es una
pradera rasa en la que todo es posible. Leer es entonces también una primera
experiencia de libertad, de independencia, una escapada.
Al
menos así recuerdo yo mis primeras lecturas, con la fascinación con la que mis
hijas se zambullen hoy en sus primeros libros y yo las veo, felices, sin
espuelas ni riendas, con la pradera rasa reflejada en sus ojos y todo el mundo
por delante, toda la vida por delante.
Así
sigo leyendo yo hoy, todavía algunas veces, pocas por desgracia, cuando algún
libro, nuevo o viejo, me acelera ese galope y acabo soltándome, yo que como
lector maduro, perro viejo después de tantos libros, agarro con fuerza las
riendas y aprieto las espuelas y no dejo fácilmente que un autor me descoloque
la montura, todavía hoy algunas veces acabo leyendo como mi hija cuando lee,
como mi hija cuando pedalea.
He
vuelto a las bicicletas. Porque no acaban ahí las semejanzas. La experiencia
ciclista tiene también mucho que ver con la experiencia lectora, no ya solo en
esos primeros momentos de soltarte y avanzar solo. O al menos tiene mucho que
ver con lo que a mí me gustaría que fuese la experiencia lectora. Ese leer en
la plaza, que no nos hiciese salir a la calle solo una vez al año.
Montar
en bicicleta es una experiencia individual, incluso muchas veces solitaria,
íntima. Pero los ciclistas parecemos tener una facilidad natural para generar
comunidad, para socializarnos, para sentirnos próximos a los demás ciclistas,
con los que empatizamos naturalmente, con los que surge una solidaridad espontánea,
por sabernos todos vulnerables y a la vez tan fuertes en el esfuerzo del
pedaleo, un sentimiento de fraternidad, de comunidad, de saludarnos, de
ayudarnos, de cuidarnos unos a otros cuando circulamos.
La
lectura es, como el ciclismo, una experiencia individual, solitaria, íntima.
Pero, a diferencia del ciclismo, apenas consigue salir de esa soledad. Nos
sentimos próximos a los demás lectores, sí, con los que podemos compartir
mucho, pero no generamos comunidad, no nos sentimos parte del mismo grupo, no
nos saludamos, ayudamos ni cuidamos. No hay solidaridad ni fraternidad en la
lectura, si se me permite.
Aprendemos
a leer de una determinada manera. Cuando dejamos de ser pieles rojas, cuando
abandonamos la pradera, cuando nos domestican como lectores, y a todos nos acaba
pasando, también le pasará a mis lectoras salvajes, mis hijas, cuando eso
ocurre recluimos del todo la lectura. Hemos aprendido la lectura como algo
privado, íntimo. Leemos a solas, leemos en silencio, leemos hacia dentro.
Apenas dejamos que salga, que trascienda lo leído. Apenas lo compartimos.
Hay
destellos, pequeñas islas. Clubes de lectura, librerías que generan su propia comunidad
de lectores, algunos foros en Internet donde se comentan libros, algunos amigos
que leen y hablan de lo leído. Pero son, insisto, destello, pequeñas islas. Lo
habitual es que el libro sea esa planta de interior de que hablaba al
principio, a la que apenas da la luz.
Entonces
leer deja de parecerse a montar en bici, y miren que podía haber seguido
estirando la metáfora, pues leer tiene algo de pedaleo, exige la misma
constancia, en algunas páginas se hace cuesta arriba, en otras te deslizas
hacia abajo sin dar pedales, a veces resbalas, te caes, pinchas. Fin de la metáfora,
perdonen, vuelvo a tomar las riendas y las espuelas.
Leer,
como decía, deja de parecerse a montar en bici, pese a esas semejanzas, y en
todo caso se parece más a pedalear pero en una bicicleta estática, ese oxímoron
mecánico que tantos tienen en el dormitorio, y que recluye la experiencia
ciclista, te aísla del resto de la comunidad, mientras pedaleas sin avanzar un
solo metro y sin más horizonte que la pared.
Así
acabamos siendo los lectores, ya maduros: ciclistas de bicicleta estática, jardineros
de frágiles plantas de interior.
Yo
querría que leer fuese una forma de salir, no de encerrarse. No leer hacia
dentro, como solemos hacer, sino leer hacia fuera. No leer con uno mismo, sino
leer con los demás. Que los libros dejasen de ser lo que van camino de ser hoy:
una experiencia irrelevante, que no trasciende, que cada vez importa menos, que
como tal no consigue competir con las formas de entretenimiento hoy dominantes,
con otras ficciones que hoy ocupan el espacio que antes tenía la literatura.
La
literatura, pese al espejismo que hoy vemos en la feria del libro, en este
momento excepcional de “salir los libros a la calle”, va en realidad perdiendo terreno,
achicando su campo de juego o de batalla, acomplejándose respecto a otras ficciones
que no solo son mayoritarias, sino que con todas las limitaciones que queramos
sí salen fuera, si trascienden, si generan comunidad, por escasa y efímera que
esta sea.
Como
autor, y como lector, miro con envidia esas series y programas de televisión, o
partidos de fútbol, que los espectadores comentan en las redes sociales
mientras las ven, en tiempo real, comentando cada momento, creando la ilusión
de estar todos juntos, aunque no lo estén, todos viendo a la vez lo mismo y
comentándolo.
No
quiero decir que esa sea la forma de trascendencia a la que aspiro para la literatura,
la comunidad de lectores a la que querría pertenecer, miles de lectores
tuiteando y dando “me gusta” a la vez a las páginas de un libro según avanzan
en la lectura. No me quedo ahí, pero reconocerán conmigo que no estaría mal
leer también así, encontrar al otro lado a los demás lectores que leen lo mismo
que tú, incluso al mismo tiempo.
Compartir
la lectura, trascender lo leído, generar comunidad con los lectores, es mucho
más que tuitear las páginas de una novela. Tomar la plaza, la calle, la ciudad,
en sentido metafórico pero también, por qué no, en sentido literal, significa
hacer de la lectura un acto ciudadano. Incluso un acto político. Y sé que esta
expresión da lugar a malentendidos, en días en que llamamos acto político a los
mítines por las próximas elecciones.
Me
refiero a hacer con los libros lo mismo que hacen los ciclistas con sus
bicicletas: apropiarse del espacio. De la ciudad. De la polis. Apropiarse, o
reapropiarse, de las plazas y calles. Transformar la ciudad mediante esa apropiación.
Esa transformación de la que hablaba el antropólogo francés Marc Augé en un
librito delicioso, Elogio de la bicicleta.
Una
transformación, una apropiación, que por supuesto no es fácil al principio, ni
está exenta de conflictos. Así también la toma de las plazas por los libros no
sería fácil, también generaría conflicto, por contraste con una forma
inofensiva de entender la lectura.
Me
refiero a la bicicleta como agente transformador de la ciudad, al devolverle su
dimensión humana y convertirnos en seres activos, conscientes. Transformar el
ritmo de la ciudad, su velocidad, su aire respirable, su urbanismo, sus normas
de circulación, su estado de ánimo. Los ciclistas se socializan, pero a la vez
socializan la ciudad. La reconstruyen. La hacen más hermosa. Pocas veces es tan
bella una ciudad como vista desde la bicicleta, a esa velocidad. Y basta un
paseo a dos ruedas por Sevilla para comprobarlo.
Por
qué no hacer algo parecido con los libros: que sirvan para transformar la
ciudad, para sacudir la comunidad, para hacer el aire más respirable, para
cambiar el ritmo de nuestras vidas, las normas con las que circulamos por ella,
el estado de ánimo. Para reconstruir la ciudad, la sociedad, la vida. Para
hacerla también más hermosa.
Espero
que coincidan conmigo en que es un objetivo más que deseable, en estos tiempos
difíciles en que vivimos. Qué necesario reapropiarnos de nuestras ciudades, de
nuestra sociedad, de nuestras vidas, y transformarlas, hacerlas más
respirables, más habitables. Hacerlas nuestras.
Que
los libros se conviertan por tanto en una oportunidad de transformación. Y en
una forma de resistencia. Porque también vivimos tiempos en los que hay que
construir resistencias.
A
buen sitio he venido a hablar de resistencia, dirán algunos. Decir librero
resistente es una redundancia, todo librero es hoy un resistente, lo fue
siempre, pero hoy más que nunca. Lo mismo que decir editor resistente, pero
también escritor resistente, o incluso, por qué no, lector resistente.
Son
tiempos de resistir, para la comunidad del libro, para la cultura en general, y
para toda la ciudadanía. Resistir nuestras calles, nuestros barrios, nuestras
comunidades, frente a tanta infamia como a diario conocemos, como a diario
sufrimos.
La
pregunta es: ¿sirve el libro para resistir? ¿Nos ayuda la lectura a construir
esa resistencia? ¿Es el libro un refugio, un escondite; o puede ser también una
trinchera desde la que luchar, para que la resistencia no sea un repliegue sin
fin, de derrota en derrota?
La
respuesta a esa pregunta está en lo que comentaba antes: en leer hacia dentro o
leer hacia fuera. Que la lectura deje de ser solo un refugio. Que lo sea
también, sí, porque muchas veces necesitamos un refugio. Pero si solo es eso,
no nos sirve, porque el refugio que te ofrece es uno pequeño, frágil, donde
solo cabes tú, y que al final no resiste cuando el lobo –la realidad- sopla con
fuerza. Que deje de ser solo un refugio para ser también esa trinchera cuando
lo que necesitemos sea una trinchera.
Recuperar
la lectura, con fuerza transformadora y generadora de comunidad, para que no
sea una planta de interior, para que no sigamos pedaleando cada uno en su
bicicleta estática. Leer con los demás, hacia los demás. En la calle, no
saliendo a la calle una vez al año. Tomando la ciudad, que es nuestra. Ocupando
la plaza, antes de que otros la vendan.
Leer
en las plazas, leernos en las plazas. Leer los libros, leernos a nosotros en
ellos. Pero también leernos, en plural, como expresión colectiva. Ser capaces
de construir colectividad a partir de algo tan individual como la lectura. Que
los libros produzcan una trama colectiva, nos conecten, nos hermanen con el
resto de la humanidad. Que sean un territorio de fraternidad.
Leer
en las plazas, leernos en las plazas. Es mucho más que leer sentados en los
bancos de las plazas. Es leer otra vez como pieles rojas, como leeremos estos
días en esta feria, cuando sí, los libros estén en la plaza y todos salgamos de
ellos por una vez, en vez de encerrarnos en ellos.
Para
terminar, mi deseo es que Sevilla, la capital de las bicicletas, sea también la
capital de los libros. Para que dentro de unos años, cuando inauguremos la
feria, no podamos decir: “Los libros salen a la plaza”. Porque nunca se fueron
de ella.
Y
para terminar una vez más hermanando libros y bicicletas, tomo las palabras con
las que cerraba su libro Marc Auge: el decía “¡Arriba las bicicletas, para
cambiar la vida!” Nosotros podemos decir “¡Arriba los libros, para cambiar la
vida, para cambiar el mundo!”
Isaac Rosa
Sevilla, 22 de mayo de 2014


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