LITERATURA INFANTIL,
ALGO MÁS QUE ENTRETENIMIENTO
(Pregón de la Feria del Libro de Sevilla, 2016)
Por Antonio Rodríguez
Almodóvar
Académico Correspondiente de la RAE
Está
convenido que literatura infantil es aquella que también interesa a los niños. Quiere decirse que, primero, ha de
importar a todos. Y, solo de un modo particular, a los alevines de la tribu.
Nadie sabe cómo sucede tal cosa, más parecida a un milagro, pero así ocurría
con los cuentos de tradición oral. En la tertulia campesina, o en la del hogar,
no se hacían distingos entre grandes y chicos. Se contaba para todo el que
estaba por allí, y ya está. Luego, cada cual se enganchaba al relato, la canción o el romance que más le gustaba. No
se decía “niño, tápate los oídos”, o “salte un ratito a jugar”. No había
censura previa, ni mucho menos se atendía a ese artefacto de “lo políticamente
correcto”, que él solo puede acabar con la literatura toda, la grande y la
chica. (Él solito, por decirlo con
ese diminutivo tan expresivo del andaluz, que lo mismo sirve para los afectos
más tiernos que para anunciar las mayores catástrofes. Pero ya volveremos a
ocuparnos de esa plaga de nuestro tiempo). En materia de lo que conviene o no
conviene a la mente infantil, perdonen que me atenga a una verdad de Perogrullo:
si un niño entiende algo, es que su mente ya está por hacerlo. Y si no lo entiende, no pasa nada; si acaso
se aburrirá un poco más, como la pobre Alicia aquella tarde de verano a orillas
del Támesis, justo antes de que un clérigo tartamudo intentara ponerle remedio
a su situación. Pero esa es otra historia. Quería decir que, tanto en un caso
como en otro, ¿dónde está el problema? ¿No estará por ventura en la mente
compleja de algunos adultos, en sus propios prejuicios o dilemas morales?Claro que las cosas han cambiado mucho desde entonces, desde que la literatura oral hacía su aparición de un modo tan natural como la lluvia y el viento. La tertulia familiar anda de capa caída, como todo el mundo sabe; ya se encarga de ello la Santa Televisión. Y la tertulia campesina, para qué decir. Antaño la gente dormía en los cortijos. Hoy con la amotillo todo está resuelto. A casa y a ver el partido.
Tanto han cambiado las cosas que, en plena revolución
tecnológica, ya ni se sabe cuándo fue
aquel día en que surgió el concepto, más bien mágico, como corresponde a la
materia en cuestión: literatura
infantil. Tal vez fue aquella memorable tarde del 4 de julio de 1862,
cuando el profesor de matemáticas del Trinity College -la verdad no se sabe muy
bien con qué intenciones-, empujó a Alicia
a la cueva del inconsciente. No sería mal comienzo. Todo cuento
maravilloso, por si no lo saben, se refiere al pozo que hay debajo. El mismo al
que descendió Don Quijote, en la
singular aventura de la Cueva
de Montesinos. Por cierto, tal como lo hace Juan el Oso, uno de los cuentos más
antiguos del mundo, que Cervantes conocía muy bien. Tan bien, como para hacerle
decir al hidalgo, en ese preciso momento: “Inadvertidos hemos andados de no
habernos proveído de un esquilón pequeño [una campanilla] , que fuera
atado junto a mí en esta mesma soga” [1]Se
trata de la misma campanilla que lleva Juan el Oso en su bajada a la cueva
donde mora la princesa encantada. (Sirva esta referencia de mi particular
homenaje a don Miguel, que de folclore sabía un rato, en el cuarto centenario
de su muerte). [2] En todo caso, algo nuevo,
y un tanto equívoco, apareció en el panorama de las letras. Después compareció
otro concepto, si cabe más resbaladizo: literatura
juvenil. Dios mío, qué será esto, se preguntaron algunos, mayormente si
algo creían saber de literatura. ¿No es toda ella joven, si quiere ser? “Quién
que es no es romántico”, dijo Rubén
Darío –otro autor en plena efemérides-, y dijo bien. Traducido a lo que nos
trae hoy aquí: ¿Qué excitante y turbadora literatura no lo será también para
los jóvenes? Nadie sabía –su autor mucho menos- que El guardián entre el centeno cubriría todo el espectro lector;
tampoco que Trafalgar serviría para
abrir la mente y el corazón de nuestros muchachos a la desdichada historia de
este país, al que todavía llamamos España. Ni Salinger ni Galdós escribieron
para ellos, pero tampoco sin ellos, porque tuvieron que meterse a fondo en los
entresijos de alguien que está empezando
a conocer el mundo.
Tal vez por eso, en el caso de la llamada literatura juvenil, no tengo el menor
atisbo de cuál pudo ser su acta de nacimiento, como no sea tirando de mi
experiencia personal. Creo que fue con
la lectura de tres libros que ocasionalmente andaban a mi alcance: Viaje a la luna, de Julio Verne, las Aventuras de Guillermo Brown, de Richmal
Crompton, y Las mil y una noches, de
una legión de autores anónimos. Tres mundos, ya ven, tan admirables como
dispares. La fantasía científica, las travesuras de un niño impertinente, capaz
de desafiar a toda una sociedad tardovictoriana, y las múltiples aventuras orientales de un
libro de cuentos con acarreo de siglos, la mayoría de ellos anteriores al
islam. Todo intento de encontrarles un denominador común parecerá destinado al
fracaso. A menos que… a menos que nos fijemos en un hilo sutil que me parece
cose todas esas historias: ell del espíritu de rebeldía, la transgresión …, en
suma, el hilo de acero la libertad. La rebeldía científica, que adelantó la
llegada del hombre a la Luna, con un ejercicio de imaginación pura. La de aquel
Guillermito que ponía de los nervios a una clase social remilgada (nosotros
entreveíamos algo más; algo de lo que podía ser una sociedad democrática, que
se permitía el lujo de criar a sus expensas a un mocoso contestatario). Y, por
último, la libertad de un marino que se echó a los siete mares porque sí, más
las veladuras eróticas de los cuentos de Sherezade, que fueron, en mi humilde
opinión, las que contuvieron el hacha de aquel temible sultán, desesperado de
amor. De la literatura de anticipación
del francés han venido innumerables autores y obras -un poco hasta el hartazgo,
todo hay que decirlo-; descendientes directos de Guillermo Brown son Pippi
Langstrum (antes de ser domesticada para una serie de televisión), y el
espíritu desafiante que impregna buena parte de la obra de Roald Dahl (cuyo
centenario, por cierto, celebramos este año). (Por falta de centenarios no nos
quejaremos). “Imaginación constructiva”, lo llamaremos también, con Gianni
Rodari, a todo ese aparente desorden. Y ya que estamos en Italia, el mismo en
que vivía Pinocho, cuando era un muñeco dislocado, pero feliz, y se negaba a
convertirse en un niño de carne y hueso, eso sí, muy bien educado en el
desorden oficial.
Pero ahora que lo pienso un poco mejor, hay otro hilo
sutil que conecta aquellos tres mundos.
Tan sutil como que se trata de una ausencia: la ausencia total de
doctrinas. Lo mismo que ocurre, es curioso, en los cuentos populares, los auténticos,
claro está. No los adaptados, edulcorados, recortados… con moralinas y
moralejas a granel. (¡Cuánto molestaban
a Ana María Matute las moralejas! “Los niños son niños, no tontos”, solía
decir. Con ello invitaba a que se les dejara extraer, a ellos solos, la secreta
sustancia de que son portadores los cuentos, sin andaderas ni postizos. En su
nombre, me permito decir: ¡Vade retro, moralistas! ¡Aquí no
pintáis nada! No metáis vuestras narices
en asuntos tan importantes. (No sé si saben que Las mil y una noches es actualmente un libro prohibido en la
mayoría de los países con fuerte presencia islamista. Ahí lo tienen. Pero no
nos pongamos más tristes de la cuenta, por lo menos esta tarde).
¿Por dónde iba? Ah, sí, que con todo lo que ha llovido
–desde luego en las Ferias del Libro de Sevilla, tercer acontecimiento anual
donde los ciudadanos andan mirando hacia arriba- aún son lícitas algunas
preguntas iniciales. ¿Qué es todo ese barullo de la literatura infantil y juvenil? Cómo, por qué, con qué finalidad, si
eso no había existido nunca. Para la primera, la infantil, contamos con la
socorrida apelación al niño interior,
ese que se niega a crecer dentro de cada uno de nosotros, por nostalgia
incurable –dicen-, del Paraíso Perdido. Con él nos solazamos en la creencia de
seguir siendo niños, más un correlato extraño: que a la infancia hay que
preservarla del tormentoso mundo de los adultos. Curiosa paradoja, que desata
dudas razonables, en primer lugar, de si no estaremos exagerando la nota. Y no
son de ahora. Ya aparecen en un libro
que escribió Bruno Bettelheim (sí, el del Psicoanálsis
de los cuentos de hadas [3]), en otro libro
suyo, menos conocido pero en mi opinión
tan importante como aquel, o tal vez
más, escrito con Karen Zelan, una colaboradora suya de la Escuela
Ortogénica de la Universidad de Chicago: Aprender
a leer [4] El título en
español no es muy acertado. En inglés lo que dice es: “Aprender a leer: la
fascinación infantil por el significado”. Presten mucha atención a esta última
palabra: significado.
Según diversos estudios que ya se venían realizando en EEUU,
desde mediados del siglo pasado, y aun de antes, sobre niños con problemas de
adaptación (incapaces de aprender a leer y escribir, por ansiedad, baja estima,
hiperactividad, e incluso por autismo), ocurrió que en todos esos casos
funcionaba como terapia un aprendizaje de la lectura basado en el interés del
neófito por el significado. Las aburridas cartillas de los comienzos no
conseguían motivarlos de ninguna manera. Los autores del libro pensaron, con
buen criterio, que ese problema podía darse en la generalidad de los niños,
cuando empiezan a leer y a escribir, solo que no se detectaba. ¿Por qué?
Sencillamente, porque no se quería detectar. En las encuestas que se hicieron,
algunos chicos empezaron a decir la verdad. “Lo habrían pasado mucho mejor, si
las historias hubieran sido, o bien verdaderas, como la vida misma, o
verdaderamente fantásticas, como los cuentos de hadas”. [5]
Recuerden a Mafalda, cuando le dice a su
maestra, empeñada en “mi mamá me mima,
amo a mí mamá…”: “Señorita, ya sabemos que sus relaciones materno-filiales
marchan estupendamente. Ahora, por favor, cuéntenos algo interesante”. (El otro día mi nieta Adriana, de seis años,
también soltó algo parecido. Asistíamos a un espectáculo de títeres, muy estilizado
y perfectamente neutro, y de pronto va y me dice: ¿Pero cuándo van a contar una
historia?)
Lo que pasaba, en
EEUU, es que los intereses de las editoriales iban por otro lado.
Principalmente, por no levantar objeciones en ningún sitio. “Al querer complacer
a todo el mundo –dicen los autores del estudio- estos libros acaban por no
complacer a nadie”. [6] En la observación de lo que estaba
ocurriendo, vieron que, conforme se ampliaban las ventas, descendía el número
de palabras utilizadas en esos libros, y desde luego no se hablaba de ninguna
cosa que pudiera molestar a nadie. Poco a poco, se estaba instaurando el
temible imperio de “lo políticamente correcto”. También notaron que el exceso
de dibujos distraía, en lugar de ser útil. Esto último plantearía, en estos
momentos, un problema de alto voltaje: ¿hemos de suprimir las ilustraciones? Ya
digo que no. Y aprovecho para hacer el elogio de los magníficos ilustradores
que hay en España, sin los cuales mis propios libros serían mucho menos de lo
que son. Pero, de acuerdo con esos mismos estudios, hay que extraer una
recomendación, que me parece de validez universal: la ilustración no debe
repetir el texto, ni competir con él, sino estimularlo, ampliarlo y hacerlo más
atractivo. Tampoco sirve una magnífica ilustración al servicio de una bobada;
servirá para vender una edición, pero luego se extinguirá como el humo. La conclusión, para estos autores, es que
“solo aquellos para quienes la lectura estuvo dotada, en una edad temprana, de
algunas cualidades visionarias y de significado mágico, llegarán a ser
instruidos” [7] Observen que no dicen “de
contenidos morales” o “enseñanzas prácticas”.
En lo visionario y en lo mágico, como en Alicia, yo incluyo todos los símbolos a los que aluden los grandes
cuentos maravillosos, y todas las travesuras, disparates y humor descacharrante
de los viejos cuentos de costumbres, como el de La niña que riega las albahacas, aquel en que una jovencita muy
lista le da su merecido a un príncipe acosador por donde más le duele…[8]
por ahí, justamente. Y los de animales,
bien lejos de las edificantes fábulas dieciochescas, la pobre Zorrita
del Raposal, siempre sale triunfante del perverso señor Lobo del Loberal. Siempre, vence la inteligencia de la primera.
(A propósito, no dejen de leer la versión actualizada del Calila y Dimna,[9] un trabajo
magistral de José María Merino, donde ya aparecen algunos de esos cuentos).
Todo eso se inventó hace mucho tiempo, pero está bien que tan conspicuos
analistas lo ratifiquen.
El caso es que el invento de las literaturas infantil y juvenil
–separadamente, por favor- funcionó.
¡Vaya si funcionó! Mucho antes de que acertáramos a definirlas, y a buscar
respuestas a incómodas preguntas, pasaron a constituir un renglón muy pujante
de la industria del libro, y en ciertos casos se han convertido en salvavidas
del sector. En torno a un 15% de esa industria se mantiene gracias a esos
libros. (Hoy, además, andamos pendientes de si se hacen o no la competencia a
sí mismos, en los formatos digitales; pero dejemos eso para otro día). Por más preguntas que se hicieran, la masa
seguía creciendo, creciendo… Y hasta hubo escritores de “literatura seria”, que
miraron un día a la infantil o la juvenil, con algo de curiosidad y… otro tanto
de interés. (Seamos benévolos). Pronto se percataron de que no era tan fácil
como parecía. No por eso creció el concepto, hasta ser admitido como una más
entre las nobles artes literarias. Se la siguió mirando con un cierto desdén, o
con paternalismo, que no sé qué es peor. Los hechos son tozudos. Ambas rúbricas
se pasan la mayor parte del año ausentes de los grandes medios de comunicación,
como si estuvieran de vacaciones perpetuas. Hace un par de meses, un destacado columnista de un poderoso medio,
de ámbito nacional –me sigo refiriendo a España- , reparó en Celia
en la Revolución, el libro de Elena Fortún, como si esta fuera una desconocida.
Lo sería en su ambiente habitual. Los
que nos dedicamos a esto otro, mal que bien conocemos hace tiempo a la
escritora madrileña, a pesar de que tuvo que huir de España y fue eclipsada,
como tantos, por la Guerra Civil y el exilio). (Dejaremos también para otro día
el triste capítulo de los escritores que, durante la República, escribieron
para niños, con criterios de libertad, de solidaridad y hasta de igualdad de
género; y de aquellos otros que se plegaron dócilmente a las exigencias del
nuevo régimen. Pero no me privo de
contarles otra cosa que vi hace poco en una exposición de libros antiguos
infantiles, al hilo de un encuentro de marionetas. (Vaya con los muñeco, ¿por qué será?) En una vitrina había un
ejemplar de la revista Pelayos, del
año 43
–no sé si saben, un panfleto
que el franquismo se sacó de la manga para aleccionar a los niños en sus
rabiosas doctrinas. En la portada se ve un teatrito de guiñol, donde un fornido
falangista aporrea sin piedad, con su cachiporra, a otro muñeco que representa a un “diablo
rojo”, con cuernos y todo. Para eso sí servían los títeres. Cierro paréntesis).
Por todo eso -a lo que íbamos-, se han definido esos quehaceres literarios de
rango supuestamente menor como literatura
invisible. Solo un par de veces al año (el día de Andersen, el otro… no me
acuerdo), se repara en su existencia. Por eso agradezco tanto más que esta
Feria del Libro de Sevilla se haya dedicado a ella, a la invisible, sin el
menor recato y sin encomendarse a Dios ni al Diablo, del color que sea.
Ahora hablemos de cosas más sesudas. Hoy hasta se le pide a
esas literaturas secundarias -¡por
favor!- que hagan lo que otros no saben hacer: crear lectores. Caramba, esto son palabras de mayor fuste. ¿Dónde
está escrito que la literatura infantil-juvenil, o infantil a secas, sirva para
desarrollar el gusto por la lectura, de tal modo, se supone, que permanezca
como afición indeleble? Y que no desemboque en aquello que le ocurrió a Daniel
Pennac, que un día lo sorprendió un niño leyendo y le preguntó: “¡Anda, ¿tú
todavía lees?” Leer era cosa del cole, y ya está. (Mucho ojo con esto, no
hagamos de la lectura una odiosa obligación). Lo interesante es cómo para esa
misión, cercana a lo imposible, se han aprestado voluntarios de toda índole:
animadores culturales, cuentacuentos,
bibliotecarios, clubes de lectura –estupendo invento-, además de padres y
maestros que, huyendo de la rutina pedagógica, e improvisando muchas veces, han
llevado a la práctica lo que solo se basa en una intuición: que había que
encontrar espacios alternativos a los de aquellas tertulias de antaño. Por
ejemplo, la hora del cuento de los colegios, la hora semanal de lectura, por
lo menos en los centros andaluces – algo es algo-, las sesiones de contar en
muchos escenarios, por gente que se ha ido especializando en esta hermosa tarea, más bien por aproximación. Me
falta definir otro ámbito maravilloso: a
la orilla del sueño, cuando padres, y
abuelos, que para eso están también -además de arrimar recursos a las menguadas
economías familiares-, cuentan o leen todas las noches un cuento, o un poema,
antes de que los niños se sumerjan en el desordenado y excitante país de las
maravillas. Desde aquí, pues, mi modesto
reconocimiento a todos esos agentes de la lucha contra el desaliento lector,
porque se han echado encima la ingente tarea de ir preparando la mente infantil
al gusto literario, a través del placer de escuchar, y luego el de leer, según
una curiosa complicidad de los mecanismos de una mente en ciernes, a la que
vengo llamando el oído lector. Otra
paradoja, en la que me voy a detener un momento.
De
siempre hemos sabido que a los niños les gusta que se les cuente un mismo
cuento, o se les cante una canción, de manera repetida, punto por punto
idéntica a sí misma. ¡Ay de aquel gato enamorado que se cayó del tejado, por
puro amor y por sus pasos contados, ay de aquel Gallo Kirico que, una y otra vez, había que contar con todos
tramos, sin saltarse uno! ¡Y sin alterarlos! Primero la malva, después la
oveja, después el lobo… Ya saben. Por algo sería, que los niños no son tontos,
como decía mi hada madrina, ni sádicos, añado yo, queriendo someter a los adultos
a esa prueba. Los papás, los maestros,
los abuelos, los cuenteros…, bien
sabemos de esa extraña persistencia en la demanda infantil de historias o de lo
que sea que esté bien contado o bien cantado. Lo que pasa es que el mero hecho
de constatarlo no explica el fenómeno. ¿Por qué ocurre eso?
Ahora resulta que, sobre esa intuición del poder de un
relato, o de un poema, tal cual repetido
una y cien veces, ha venido en nuestro auxilio, asómbrense, ¡la neurociencia!
Así, tal como suena. Una buena serie de artículos en revistas especializadas,
en torno a la Teoría de la mente, han
descubierto cómo actúan en el cerebro las historias literarias. De esos
trabajos se hace eco el profesor Juan Mata, de la Universidad de Granada, en
varios artículos, que encontrarán aquí debidamente citados. [10]
En ellos se pone de manifiesto, resumiendo mucho -lo que admite un pregón-,
cosas como que la lectura permite la modificación y reorganización de los
circuitos neuronales, mediante un ejercicio complejo, para el que el cerebro,
en principio, no está dotado, y que esa adaptación activa las neuronas de un
modo extraordinario. También que “la
imagen por resonancia magnética está permitiendo confirmar que la lectura de
textos literarios produce cambios
profundos en la función y en la estructura del cerebro”, con efectos tales como
un nuevo incremento de la conectividad neuronal, y la apertura de la mente
-¡atención!- “a un mundo más abierto, flexible y creativo”. Esto último, se entiende, una vez el
mecanismo está consolidado. Pero ya la narrativa tradicional lo tenía en
cuenta, al desplegar en la tertulia un abanico muy amplio de historias. Un
abanico que, por sí solo, conducía a la crítica y la autocrítica, en un
atareado juego de historias de especies contrarias. El Gallo Kirico tenía su
contrapeso en El Medio Pollito (ojo,
este último interesó a todo un Jacques Lacan
en uno de sus seminarios). Después de un cuento maravilloso como el de El príncipe encantado, donde la hija de
un jornalero consigue liberar a un príncipe de sus múltiples ataduras, con
final de matrimonio interclasista, y por puro amor, se contaba el de aquel rudo
pero inteligente pastor que, tras lograr la mano de la princesa, en un concurso
de habilidades, la desprecia por mentecata. Claro que esos cuentos no pasaron a
la estampa, hasta que algún osado se empeñó en hacerlo. Finalmente –a nuestro
propósito de hoy-, dice el investigador granadino: “el lenguaje nos afecta intelectual y
emocionalmente, tanto a través de su contenido como de su estructura”. Esta última palabra, como comprenderán, reviste
particular importancia para un incorregible estructuralista, como este que os
habla. Ya ven que no estamos hablando de cosas de tres al cuarto.
Ahora se comprende un poco mejor aquella insistencia de los
niños en escuchar repetidamente una misma historia, sin cambios ni añadidos.
Porque les ayuda a construir el andamiaje mental, la básica y simple capacidad del
conocer, aquello que Machado –siempre Machado- llamaba las entendederas. De ahí que cuanto mejor esté construida una
historia, o más atractivo sea un poema, por sus diversos ritmos, más se adapten
a esa función primera de la mente. No es ni siquiera preciso que informen de
contenidos concretos. Sirve el puro disparate, pero que esté bien dicho y bien
construido. Suelo decir que el surrealismo no lo inventaron los surrealistas,
ni siquiera Lewis Carroll, sino los coros de niñas en los atardeceres de aldea.
“Del hueso de una aceituna / tengo que sacá
un tintero, / del tintero una pluma, / de la pluma un palillero”. Si
modificamos la estructura de una historia, o de unos versos insuperables,
estamos moviendo un andamiaje mental recién levantado. Por eso protestan los
niños cuando no te acuerdas de cómo era aquello…, pues sucede que aquello estaba consolidando su capacidad
intelectiva. Así que: “¡Pachín, pachín, pachán, mucho cuidado con lo que
hacéis, pachín, pachín, pachán, a Garbancito no piséis!”
Y con este cantarcillo vamos terminando, pero con regreso al
futuro, si os parece, quiero decir, al
modelo que siempre nos puso por delante la literatura oral, y bien cerca que la
teníamos, aunque algunos, a veces muchos, no quisieran verla.[11]
Por lo bien construidas que están sus historias es por lo que a los niños de
hoy les siguen interesando, importando, con todos sus conflictos, los que han
de prepararlos, simbólicamente, para la vida. Si una niña y un niño son
abandonados por sus padres en medio del bosque, la enseñanza está bien clara:
espabila, porque le puede ocurrir a cualquiera, y mira cuánto te quieren tus padres,
que no hacen eso. (Desde aquí dirijo un pensamiento estremecido a los niños que
hoy están hacinados en las fronteras del
miedo; el miedo a las guerras y el miedo a la sociedad opulenta que los
rechaza. Claro que es esa misma sociedad la que ya está rechazando a sus
propios niños; no hay más que acercarse a los barrios empobrecidos de nuestros
pueblos y ciudades. ¿Qué contarán o qué cantarán las madres por las noches, en
esos campamentos del horror, y en esos
bloques donde ya no se enciende la luz, porque hay que elegir entre
comer o calentarse?) La opción no es una infancia sobreprotegida, que choque de
pronto con la cruda realidad. Proteger
la inocencia de los niños no es incompatible con formarlos. Conviene estar
prevenidos y ponerles palabras a los miedos y a las pulsiones inconfesables.
Para eso están todos los Pulgarcitos y
todas las Blancanieves y Cenicientas que en el mundo han sido,
desde el Egipto antiguo a la
China dinástica, de los cortijos andaluces a las estancias y
ranchos de Hispanoamérica. Y las Bellas Durmientes, cuando se cuenta la
historia completa, claro está. Y los “Bellos
Durmientes”, que también existían en la literatura oral, con otros nombres.
No fío de las trivialidades en las que
un niño no puede proyectarse de ninguna manera. Fío más de las obras que ellos
descubren por sí solos, más que de cien recomendaciones ilustradas. En aquellas
suele haber serios conflictos. Chico problema tiene el Gallo Kirico, con su
pico manchado de caca de vaca, y que en vez de buscarse aliados que le ayuden a
resolverlo, se dedica a enemistar a todo
el mundo con todo el mundo. Menuda tragedia la que se desata en el corazón de
Blancaflor, por huir de su padre, el mismísimo Diablo, siguiendo a un príncipe olvidadizo;
tanto, que por él será capaz de abandonar su condición inmortal, pero infeliz,
por la de mortal enamorada.[12]
También nosotros hemos de seguir el impulso ingobernable de la creación
literaria, sin adjetivos, la energía triunfante de los libros que no se dictan.
Por eso reivindico a las literaturas infantil y juvenil, sean lo que fueren,
como a cualquier otra que nos conduzca en el inmoderado deseo de vivir otras
vidas; de conocer más mundos de los que llegaremos a ver, por mucho que
viajemos; de intentar poner un poco de orden en el desordenado mundo inferior;
de sentir, en fin, el pálpito de otros sentires, como si fueran los nuestros,
porque lo son.
Gracias.
[1] Don Quijote II, cap. 22.
[2] Acerca de la importante
presencia del folclore en la novela de Cervantes escribí un artículo en 2006: “El Quijote como cuento maravilloso”, en Cuatro novelistas sevillanos hablan de
Cervantes y el Qujote. (Ateneo de Sevilla, 2006). (Los otros tres novelistas
son Julio M.de la Rosa ,
Antonio Cascales y Eliacer Cansino.
[3] Ed. Crítica, Barcelona,
1977.
[4] Ed. Crítica, Barcelona,
1982.
[5] Ib. p 24
[6] Ib. p 27
[7] Ib. p 58
[8] Véase mi versión
dramatizada de este cuento en Ed. De la Torre , Madrid, 1996. Actualmente está en cartel
por Dos Lunas Teatro. Sevilla.
[9] Ed. Páginas de Espuma
(Madrid, 2016).
[10]
”Una aproximación a la literatura infantil desde la neurociencia”. Rivista di
Storia dell´Educatione. Anno 2, 2, 39-49.
[11] En un pequeño libro, Del hueso de una aceituna (Octaedro,
Barcelona, 2009), he inventariado 63 géneros de tradición oral.
[12] Este asunto lo trato con
amplitud en el quinto relato de El bosque
de los sueños. (Madrid, Anaya, 2005), a través de la narración en
contrapunto de dos heroínas contrapuestas: Medea y Blancaflor,.
***
Este texto, editado por Algaida, estará disponible gratuitamente y hasta agotar existencias.
Solicítelo en la Feria del Libro de Sevilla.
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