7/5/13

Juan José Téllez: 'Juan Carlos Marset en el laberinto rojo'


Juan Carlos Marset presentó Laberinto en la Feria del Libro de Sevilla 2013. Sobre él escribe Juan José Tellez:

Juan Carlos Marset en el laberinto rojo.-

Ignoro si el aire de la ciudad nos hace libres, pero a Juan Carlos Marset (Albacete, 1963) le empuja a escribir largos poemas con un no se qué de salmo y de iluminación, la que ya se hizo presente a propósito de Nueva York en su primera obra, “Puer profeta” (Premio Adonais, 1989, Ed. Rialp). Ese mismo tono elegíaco se
extendió luego a su “Leyenda napolitana” (Col. Nuevos Textos Sagrados. Ed. Tusquets Editores, 1999) y, desde luego, a su nueva obra “Laberinto”, que también toma como eje una realidad urbana, la de Londres.

Frente al beatus ille, el urbanita ensaya una filosofía distinta para su propia peripecia vital: “El hombre construye la ciudad y la ciudad forma al hombre”, atinaba recientemente a decir el arquitecto Richard Rogers. El paisaje donde el ser humano vive forma parte de la encarnadura moral del ser humano y cada entorno condiciona la obra de quien lo habita. Como en el “Entreguerras” de José Manuel Caballero Bonald, cuya estética viene a coincidir tangencialmente con la de esta nueva obra de Marset, ya que donde en el primer caso prima la memoria, aquí late la remembranza. Esto es, nuestro último premio Cervantes jugaba a recordar en un supuesto final de trayercto y Marset rememora para tomar fuerzas, aprender del pasado y afrontar lo porvenir. Aquí, en su libro, late una memoria sentimental, tan íntima como colectiva, que se nutre de la experiencia vivida pero, sobre todo, se alimenta del ámbito en donde se vive la experiencia.
 
Profesor de estética y teoría de las artes de la Universidad de Sevilla; director de la revista de arte, música y literatura Sibila, Juan Carlos Marset, que fuera director general del Instituto Nacional de las Artes Escénicas y de la Música (INAEM) con el ministro César Antonio Molina y colaborador personal de María Zambrano en la edición de Notas de un método, se deja sumergir en el glaciar de asfalto de las ciudades que habita y que ama. Tras más de una década de silencio lírico, su nuevo poemario transita por las calles de Londres, a partir de una cita clásica de Jorge Luis Borges, en las páginas de El Aleph: ''Vi el populoso mar, vi el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi un laberinto rojo (era Londres)''. El Londres romántico de Wordsworth, el que diera refugio a Blanco White, el que invitó a Luis Cernuda a añorar y, al mismo tiempo, denostar de Sansueña.

Londres es uno de los paradigmas de la ciudad moderna, ni la explosión de modernidad de Nueva York ni el manierismo reconstructor de Berlin, sino la conciliación del pasado y del presente en un urbanismo complejo, que ha conocido largos debates y controversias encendidas pero que constituye el horno en donde se cocieran algunos de los principales elementos de la cultura pop, del cine contemporáneo, de la pintura y de la música. Londres, con su piedra de rojo pompeyano, sus taxis rojos, sus cabinas igualmente coloradas, el fuego escarlata de 1666, el color idéntico de la antigua muralla y de las tejas romanas. Sólo el smog –y ya no tanto-- aliviaba de antiguo el viejo pigmento de la sangre.

Thomas de Quincey nos alertaba sobre la capacidad de succión de Londres, una rara fascinación tanto o más física que visual. Marset la siente. O la presiente, en esta obra en donde pasea por otras ciudades cómplices, como Santander, Sevilla, nuevamente Nápoles, o las orillas del Rhin, por la que navega una clara presencia sentimental, la de Patricia. Nos encontramos, probablemente, con uno de los autores contemporáneos que mantiene y desarrolla, con mayor tino y precisión, los postulados de la poesía de los novísimos, sin ser su epígono sino una clara voz diferenciada que, sin embargo, asume a los maestros y los deconstruye.

Londres, no obstante, es un pretexto. La protagonista absoluta de estas páginas es la belleza, la musicalidad del lenguaje y el acierto en la elección de los vocablos y las expresiones precisas que es lo que debiera caracterizar al barroco, una estética que también reivindica Marset, no tanto en su falso oscurantismo sino en su esclarecida lucidez. A él le interesa el sonido de las palabras, pero también, como ha dicho, el sonido de las ideas. Pero también una clara tradición lírica que también nos lleva a Juan de Mena, San Juan de la Cruz o Jorge Manrique.

El poeta, aquí, asume el riesgo del matador que se arrima al miedo, que no duda en tocar a su enemigo, que no es otro que el riesgo de cruzar esa delgada línea roja que separa lo sublime de la impostación. En esa lid, vence y nos regala el retrato de una ciudad ubicada en el "centro del centro / de la quebrada Europa", sino todo su alcance simbólico, en la esfera personal, entre el singular y el plural. Su trasfondo último es el de la rueda del tiempo, el ubi sunt, el eterno retorno. "Ahora, en el hoy de entonces", sentencia. Mañana, por lo tanto, será en gran medida nuestro hoy.

Juan José Téllez

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